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Eulàlia Valldosera  

 

Entre otros temas, su trabajo gira en torno a la investigación de la identidad femenina, siendo los objetos cotidianos elementos protagonistas. Animados por el efecto de la luz, los espejos y las sombras, Valldosera los combina y trastoca, construyendo puestas en escena a menudo dinámicas, siempre fundamentadas en un posicionamiento extremo respecto a los límites de la verosimilitud. De apariencia sencilla y accesible (la artista siempre hace evidentes los mecanismos), sus obras se caracterizan por ser, a la vez, sutiles y complejas. Desde mediados de la década de los noventa, su trabajo se ha expuesto en numerosas bienales de arte contemporáneo de todo el mundo, entre ellas las bienales de Kwang-ju (Corea del Sur), Sidney, Estambul, Johannesburgo, Venecia, Yokohama (Japón), Atenas, Santa Fe (EE.UU.), São Paulo y en el Skulptur Projekte de 1997 en Münster (Alemania). En el año 2000 presentó su trabajo en una retrospectiva en el Centro de Arte Contemporáneo Witte de With de Rotterdam, y en 2001 en la Fundación Antoni Tàpies de Barcelona; por el conjunto de su obra fue merecedora del Premi Nacional d’Arts Plàstiques de la Generalitat de Catalunya en 2003. Actualmente prepara una exposición individual para el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid que se inaugurará en 2009.

Rosa Pera

 


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Eulàlia Valldosera

El Melic del món, 1990-1991

Instalación
Dimensiones variables
EV.0021   

Parte esencial de sus primeras obras, El Melic del Món, La Panxa de la Terra es, en muchos aspectos, génesis fundamental del trabajo de Eulàlia Valldosera. Concebido durante su estancia en Holanda, donde mantuvo un intenso intercambio de ideas con el artista Ulay, anuncia importantes vías de investigación desarrolladas profundamente por la artista con posterioridad. Así, parte del propio cuerpo como cosmogonía íntima desde la que abordar la existencia, o el desarrollo de procesos emparentados con la paradoja, como crear-borrar, volatilidad-materialidad, higiene-enfermedad y sombra-presencia, elementos recurrentes en el trabajo de la artista, ya protagonistas en El Melic del Món.

Para acercarse a El Melic del Món debe tenerse en cuenta su precedente inmediato, la extensa serie Tintes, donde, desarrollando técnicas cercanas al arte y la filosofía orientales, Valldosera afrontó su trabajo tratando de situarse en el “origen”, como ella misma declaró: «necesitaba aprender a trabajar de nuevo, por lo que me propuse poner en práctica literalmente aquella teoría de Kandinsky de “el punto, la línea y el plano”, y empecé por el principio, es decir, por el punto». En Tintes, el cuerpo surge del entramado de puntos que parece supurar de la superficie del papel, a medio camino entre el orificio y la herida, como si fuese el rastro espectral de los nodos energéticos del cuerpo. Un cuerpo de mujer fragmentado en el que han sido rechazadas las extremidades por prescindibles; quedan torsos, pechos, vientres y nalgas. Rechazando toda presencia objetual (no en vano la artista considera este trabajo como un manifiesto contra el objeto único), el interés gravitará en torno a actividades básicas del propio cuerpo, como comer, fumar o dormir, o residuos como las colillas, el polvo o las arrugas de las sábanas al levantarse alguien de la cama, “ruidos del discurso de la razón”, tal y como los define la misma Valldosera. En El Melic del Món despliega a gran escala las tramas desveladas en Tintes, construidas ahora con colillas dispuestas meticulosamente en el suelo, para barrerlas ella misma, dejando el rastro –la sombra, la apariencia- de un cuerpo femenino –el suyo-, fragmentado, sobredimensionado, en unas grandes lonas donde se fijará. La acción se graba en vídeo, mientras que el proceso de transformación del suelo se documenta mediante fotografías.

Pasando de lo estático al movimiento, de la mancha a la materia, del acto creativo único al proceso compartido y abierto, a la mutabilidad, los puntos de Tintes se transmutan en residuos de cigarrillo, presencias elocuentes del humo que ha atravesado el cuerpo y que ahora lo conforman monumental, punto a punto, dejando los espacios intermedios para que sea quien lo contempla quien construye las tramas y el volumen insinuado. En El Melic del Món el cuerpo aparece como causa y efecto de sus propios residuos, emergiendo desde el rastro de los propios fluidos. A la vez, se intensifica el carácter procesual y el protagonismo del cuerpo adquiere fisicidad al incluir activamente no sólo a la artista, sino también al espectador, que se incorpora como actor cosustancial de la obra que observa. Un factor esencial es la introducción de los elementos tiempo y espacio, que dotan al trabajo de Valldosera del prólogo sobre el que se asentará su trayectoria futura, cuando desarrolle trabajos imprescindibles, como la performance Vendatges o la instalación La caída.

Rosa Pera

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Eulàlia Valldosera

Pits I-IV. Sèrie: El Melic del món. Fotografies #1, 1995

Fotografía | C-print sobre madera
60 x 85 cm. (x5)
EV.0020  

Parte esencial de sus primeras obras, El Melic del Món, La Panxa de la Terra es, en muchos aspectos, génesis fundamental del trabajo de Eulàlia Valldosera. Concebido durante su estancia en Holanda, donde mantuvo un intenso intercambio de ideas con el artista Ulay, anuncia importantes vías de investigación desarrolladas profundamente por la artista con posterioridad. Así, parte del propio cuerpo como cosmogonía íntima desde la que abordar la existencia, o el desarrollo de procesos emparentados con la paradoja, como crear-borrar, volatilidad-materialidad, higiene-enfermedad y sombra-presencia, elementos recurrentes en el trabajo de la artista, ya protagonistas en El Melic del Món.

Para acercarse a El Melic del Món debe tenerse en cuenta su precedente inmediato, la extensa serie Tintes, donde, desarrollando técnicas cercanas al arte y la filosofía orientales, Valldosera afrontó su trabajo tratando de situarse en el “origen”, como ella misma declaró: «necesitaba aprender a trabajar de nuevo, por lo que me propuse poner en práctica literalmente aquella teoría de Kandinsky de “el punto, la línea y el plano”, y empecé por el principio, es decir, por el punto». En Tintes, el cuerpo surge del entramado de puntos que parece supurar de la superficie del papel, a medio camino entre el orificio y la herida, como si fuese el rastro espectral de los nodos energéticos del cuerpo. Un cuerpo de mujer fragmentado en el que han sido rechazadas las extremidades por prescindibles; quedan torsos, pechos, vientres y nalgas. Rechazando toda presencia objetual (no en vano la artista considera este trabajo como un manifiesto contra el objeto único), el interés gravitará en torno a actividades básicas del propio cuerpo, como comer, fumar o dormir, o residuos como las colillas, el polvo o las arrugas de las sábanas al levantarse alguien de la cama, “ruidos del discurso de la razón”, tal y como los define la misma Valldosera. En El Melic del Món despliega a gran escala las tramas desveladas en Tintes, construidas ahora con colillas dispuestas meticulosamente en el suelo, para barrerlas ella misma, dejando el rastro –la sombra, la apariencia- de un cuerpo femenino –el suyo-, fragmentado, sobredimensionado, en unas grandes lonas donde se fijará. La acción se graba en vídeo, mientras que el proceso de transformación del suelo se documenta mediante fotografías.

Pasando de lo estático al movimiento, de la mancha a la materia, del acto creativo único al proceso compartido y abierto, a la mutabilidad, los puntos de Tintes se transmutan en residuos de cigarrillo, presencias elocuentes del humo que ha atravesado el cuerpo y que ahora lo conforman monumental, punto a punto, dejando los espacios intermedios para que sea quien lo contempla quien construye las tramas y el volumen insinuado. En El Melic del Món el cuerpo aparece como causa y efecto de sus propios residuos, emergiendo desde el rastro de los propios fluidos. A la vez, se intensifica el carácter procesual y el protagonismo del cuerpo adquiere fisicidad al incluir activamente no sólo a la artista, sino también al espectador, que se incorpora como actor cosustancial de la obra que observa. Un factor esencial es la introducción de los elementos tiempo y espacio, que dotan al trabajo de Valldosera del prólogo sobre el que se asentará su trayectoria futura, cuando desarrolle trabajos imprescindibles, como la performance Vendatges o la instalación La caída.

Rosa Pera



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Eulàlia Valldosera

Loop, 1995

Vídeo | color | sonido
EV.0019

Las imágenes de esta obra, grabadas en vídeo, se declaran como la documentación de una performance, pero parece más propio pensar que la performance se realizó para obtener una obra registrada en imágenes en movimiento.

Lleva en su título y en sus imágenes todos los elementos para su aprehensión. Loop indica que se trata de algo que gira sobre un eje, que vuelve o serpentea; es un ciclo o varios de un proceso.

En sus imágenes vemos a la artista, vestida de negro, que camina por la Cisterna de Yerebatana en Estambul, es un depósito de agua subterráneo. La estancia está en semipenumbra, vemos una hermosa columnata que sostiene amplios arcos que se reflejan en el espejo de una no muy profunda capa de agua. La cámara al principio la filma desde el lateral, luego se sitúa detrás y recoge su imagen entre dos columnas, hay una luz roja a un lado. Lleva dos vasos en las manos, se sitúa sobre un podio de piedra que la eleva como flotando en el agua. Da la espalda a dos focos de luz. Toma agua del depósito y la va pasando de un vaso a otro con la boca, cae mucha a la cisterna. La luz que generan los proyectores funde las sombras en la pared frente a la artista y éstas se constituyen como el centro de la imagen. Las sombras producen una imagen demediada, simétrica, pero invertida. En un momento deja de pasar el agua por la boca y la tira al suelo, pero en las sombras parece que el líquido va de un vaso a otro. Se marcha y la imagen final es la luz de los dos proyectores y el ondular del agua.

Según Eulalia Valldosera ha tratado de describir un ciclo que tiene como protagonista el agua, ésta en su devenir sufre un proceso de entropía, un cierto desorden, desde la cisterna al vaso de ahí a su boca, al otro vaso y vuelta a su boca repetidas veces, cambia de lugar y acaba en su origen, cayendo en la cisterna, en un anárquico trasiego.

Este recorrido del agua, según la artista, le sirve para reflexionar sobre la energía potencial de los procesos, sobre los cambios, y sobre las posibilidades perdidas en ellos. Los actos que surgen de las potencias no siempre son controlables, y el artista debe de trabajar con ellos, desde la simetría de las dos mitades del ser: la masculina y la femenina. De igual manera que en otras instalaciones objetuales de Eulàlia Valldosera vemos: el origen de la luz, el objeto y las sombras que este genera. Las imágenes sugieren una reelaboración del reflexiones antiguas: el mito de la caverna de Platón visto desde arriba, lo vemos todo, incluso el truco, y así sabemos como las sombras nos engañan.

A diferencia de sus otras instalaciones en las que los objetos se mueven por diversos mecanismos, y su movimiento está prefijado por ellos, en esta obra el ciclo del movimiento del agua no está determinado, surgió del azar, y pudiendo repetir el proceso, nunca resultaría igual.

Aramis López 

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Eulàlia Valldosera

Estructura humana: Descomposició. Sèrie: El melic del món. Tintes #103, 1990

Dibujo | Tinta sobre papel
70 x 150 cm.
EV.0013

Parte esencial de sus primeras obras, El Melic del Món, La Panxa de la Terra es, en muchos aspectos, génesis fundamental del trabajo de Eulàlia Valldosera. Concebido durante su estancia en Holanda, donde mantuvo un intenso intercambio de ideas con el artista Ulay, anuncia importantes vías de investigación desarrolladas profundamente por la artista con posterioridad. Así, parte del propio cuerpo como cosmogonía íntima desde la que abordar la existencia, o el desarrollo de procesos emparentados con la paradoja, como crear-borrar, volatilidad-materialidad, higiene-enfermedad y sombra-presencia, elementos recurrentes en el trabajo de la artista, ya protagonistas en El Melic del Món.

Para acercarse a El Melic del Món debe tenerse en cuenta su precedente inmediato, la extensa serie Tintes, donde, desarrollando técnicas cercanas al arte y la filosofía orientales, Valldosera afrontó su trabajo tratando de situarse en el “origen”, como ella misma declaró: «necesitaba aprender a trabajar de nuevo, por lo que me propuse poner en práctica literalmente aquella teoría de Kandinsky de “el punto, la línea y el plano”, y empecé por el principio, es decir, por el punto». En Tintes, el cuerpo surge del entramado de puntos que parece supurar de la superficie del papel, a medio camino entre el orificio y la herida, como si fuese el rastro espectral de los nodos energéticos del cuerpo. Un cuerpo de mujer fragmentado en el que han sido rechazadas las extremidades por prescindibles; quedan torsos, pechos, vientres y nalgas. Rechazando toda presencia objetual (no en vano la artista considera este trabajo como un manifiesto contra el objeto único), el interés gravitará en torno a actividades básicas del propio cuerpo, como comer, fumar o dormir, o residuos como las colillas, el polvo o las arrugas de las sábanas al levantarse alguien de la cama, “ruidos del discurso de la razón”, tal y como los define la misma Valldosera. En El Melic del Món despliega a gran escala las tramas desveladas en Tintes, construidas ahora con colillas dispuestas meticulosamente en el suelo, para barrerlas ella misma, dejando el rastro –la sombra, la apariencia- de un cuerpo femenino –el suyo-, fragmentado, sobredimensionado, en unas grandes lonas donde se fijará. La acción se graba en vídeo, mientras que el proceso de transformación del suelo se documenta mediante fotografías.

Pasando de lo estático al movimiento, de la mancha a la materia, del acto creativo único al proceso compartido y abierto, a la mutabilidad, los puntos de Tintes se transmutan en residuos de cigarrillo, presencias elocuentes del humo que ha atravesado el cuerpo y que ahora lo conforman monumental, punto a punto, dejando los espacios intermedios para que sea quien lo contempla quien construye las tramas y el volumen insinuado. En El Melic del Món el cuerpo aparece como causa y efecto de sus propios residuos, emergiendo desde el rastro de los propios fluidos. A la vez, se intensifica el carácter procesual y el protagonismo del cuerpo adquiere fisicidad al incluir activamente no sólo a la artista, sino también al espectador, que se incorpora como actor cosustancial de la obra que observa. Un factor esencial es la introducción de los elementos tiempo y espacio, que dotan al trabajo de Valldosera del prólogo sobre el que se asentará su trayectoria futura, cuando desarrolle trabajos imprescindibles, como la performance Vendatges o la instalación La caída.

Rosa Pera

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Eulàlia Valldosera

Solitària II. Sèrie: El melic del món. Fotografies #11,1990-1991

Fotografía
50 x 75 cm.
EV.0012
Parte esencial de sus primeras obras, El Melic del Món, La Panxa de la Terra es, en muchos aspectos, génesis fundamental del trabajo de Eulàlia Valldosera. Concebido durante su estancia en Holanda, donde mantuvo un intenso intercambio de ideas con el artista Ulay, anuncia importantes vías de investigación desarrolladas profundamente por la artista con posterioridad. Así, parte del propio cuerpo como cosmogonía íntima desde la que abordar la existencia, o el desarrollo de procesos emparentados con la paradoja, como crear-borrar, volatilidad-materialidad, higiene-enfermedad y sombra-presencia, elementos recurrentes en el trabajo de la artista, ya protagonistas en El Melic del Món.
Para acercarse a El Melic del Món debe tenerse en cuenta su precedente inmediato, la extensa serie Tintes, donde, desarrollando técnicas cercanas al arte y la filosofía orientales, Valldosera afrontó su trabajo tratando de situarse en el “origen”, como ella misma declaró: «necesitaba aprender a trabajar de nuevo, por lo que me propuse poner en práctica literalmente aquella teoría de Kandinsky de “el punto, la línea y el plano”, y empecé por el principio, es decir, por el punto». En Tintes, el cuerpo surge del entramado de puntos que parece supurar de la superficie del papel, a medio camino entre el orificio y la herida, como si fuese el rastro espectral de los nodos energéticos del cuerpo. Un cuerpo de mujer fragmentado en el que han sido rechazadas las extremidades por prescindibles; quedan torsos, pechos, vientres y nalgas. Rechazando toda presencia objetual (no en vano la artista considera este trabajo como un manifiesto contra el objeto único), el interés gravitará en torno a actividades básicas del propio cuerpo, como comer, fumar o dormir, o residuos como las colillas, el polvo o las arrugas de las sábanas al levantarse alguien de la cama, “ruidos del discurso de la razón”, tal y como los define la misma Valldosera. En El Melic del Món despliega a gran escala las tramas desveladas en Tintes, construidas ahora con colillas dispuestas meticulosamente en el suelo, para barrerlas ella misma, dejando el rastro –la sombra, la apariencia- de un cuerpo femenino –el suyo-, fragmentado, sobredimensionado, en unas grandes lonas donde se fijará. La acción se graba en vídeo, mientras que el proceso de transformación del suelo se documenta mediante fotografías.

Pasando de lo estático al movimiento, de la mancha a la materia, del acto creativo único al proceso compartido y abierto, a la mutabilidad, los puntos de Tintes se transmutan en residuos de cigarrillo, presencias elocuentes del humo que ha atravesado el cuerpo y que ahora lo conforman monumental, punto a punto, dejando los espacios intermedios para que sea quien lo contempla quien construye las tramas y el volumen insinuado. En El Melic del Món el cuerpo aparece como causa y efecto de sus propios residuos, emergiendo desde el rastro de los propios fluidos. A la vez, se intensifica el carácter procesual y el protagonismo del cuerpo adquiere fisicidad al incluir activamente no sólo a la artista, sino también al espectador, que se incorpora como actor cosustancial de la obra que observa. Un factor esencial es la introducción de los elementos tiempo y espacio, que dotan al trabajo de Valldosera del prólogo sobre el que se asentará su trayectoria futura, cuando desarrolle trabajos imprescindibles, como la performance Vendatges o la instalación La caída.

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Eulàlia Valldosera

Lateral. Sèrie: El melic del món. Fotografies #12,1990-1991

Fotografía
100 x 70 cm.

EV.0011

Parte esencial de sus primeras obras, El Melic del Món, La Panxa de la Terra es, en muchos aspectos, génesis fundamental del trabajo de Eulàlia Valldosera. Concebido durante su estancia en Holanda, donde mantuvo un intenso intercambio de ideas con el artista Ulay, anuncia importantes vías de investigación desarrolladas profundamente por la artista con posterioridad. Así, parte del propio cuerpo como cosmogonía íntima desde la que abordar la existencia, o el desarrollo de procesos emparentados con la paradoja, como crear-borrar, volatilidad-materialidad, higiene-enfermedad y sombra-presencia, elementos recurrentes en el trabajo de la artista, ya protagonistas en El Melic del Món.

Para acercarse a El Melic del Món debe tenerse en cuenta su precedente inmediato, la extensa serie Tintes, donde, desarrollando técnicas cercanas al arte y la filosofía orientales, Valldosera afrontó su trabajo tratando de situarse en el “origen”, como ella misma declaró: «necesitaba aprender a trabajar de nuevo, por lo que me propuse poner en práctica literalmente aquella teoría de Kandinsky de “el punto, la línea y el plano”, y empecé por el principio, es decir, por el punto». En Tintes, el cuerpo surge del entramado de puntos que parece supurar de la superficie del papel, a medio camino entre el orificio y la herida, como si fuese el rastro espectral de los nodos energéticos del cuerpo. Un cuerpo de mujer fragmentado en el que han sido rechazadas las extremidades por prescindibles; quedan torsos, pechos, vientres y nalgas. Rechazando toda presencia objetual (no en vano la artista considera este trabajo como un manifiesto contra el objeto único), el interés gravitará en torno a actividades básicas del propio cuerpo, como comer, fumar o dormir, o residuos como las colillas, el polvo o las arrugas de las sábanas al levantarse alguien de la cama, “ruidos del discurso de la razón”, tal y como los define la misma Valldosera. En El Melic del Món despliega a gran escala las tramas desveladas en Tintes, construidas ahora con colillas dispuestas meticulosamente en el suelo, para barrerlas ella misma, dejando el rastro –la sombra, la apariencia- de un cuerpo femenino –el suyo-, fragmentado, sobredimensionado, en unas grandes lonas donde se fijará. La acción se graba en vídeo, mientras que el proceso de transformación del suelo se documenta mediante fotografías.

Pasando de lo estático al movimiento, de la mancha a la materia, del acto creativo único al proceso compartido y abierto, a la mutabilidad, los puntos de Tintes se transmutan en residuos de cigarrillo, presencias elocuentes del humo que ha atravesado el cuerpo y que ahora lo conforman monumental, punto a punto, dejando los espacios intermedios para que sea quien lo contempla quien construye las tramas y el volumen insinuado. En El Melic del Món el cuerpo aparece como causa y efecto de sus propios residuos, emergiendo desde el rastro de los propios fluidos. A la vez, se intensifica el carácter procesual y el protagonismo del cuerpo adquiere fisicidad al incluir activamente no sólo a la artista, sino también al espectador, que se incorpora como actor cosustancial de la obra que observa. Un factor esencial es la introducción de los elementos tiempo y espacio, que dotan al trabajo de Valldosera del prólogo sobre el que se asentará su trayectoria futura, cuando desarrolle trabajos imprescindibles, como la performance Vendatges o la instalación La caída.

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Eulàlia Valldosera

Fragment I. Sèrie: El melic del món. Fotografies #2,1990-1991

Fotografía | copia color sobre madera
60 x 85 cm.
EV.0010

Parte esencial de sus primeras obras, El Melic del Món, La Panxa de la Terra es, en muchos aspectos, génesis fundamental del trabajo de Eulàlia Valldosera. Concebido durante su estancia en Holanda, donde mantuvo un intenso intercambio de ideas con el artista Ulay, anuncia importantes vías de investigación desarrolladas profundamente por la artista con posterioridad. Así, parte del propio cuerpo como cosmogonía íntima desde la que abordar la existencia, o el desarrollo de procesos emparentados con la paradoja, como crear-borrar, volatilidad-materialidad, higiene-enfermedad y sombra-presencia, elementos recurrentes en el trabajo de la artista, ya protagonistas en El Melic del Món.

Para acercarse a El Melic del Món debe tenerse en cuenta su precedente inmediato, la extensa serie Tintes, donde, desarrollando técnicas cercanas al arte y la filosofía orientales, Valldosera afrontó su trabajo tratando de situarse en el “origen”, como ella misma declaró: «necesitaba aprender a trabajar de nuevo, por lo que me propuse poner en práctica literalmente aquella teoría de Kandinsky de “el punto, la línea y el plano”, y empecé por el principio, es decir, por el punto». En Tintes, el cuerpo surge del entramado de puntos que parece supurar de la superficie del papel, a medio camino entre el orificio y la herida, como si fuese el rastro espectral de los nodos energéticos del cuerpo. Un cuerpo de mujer fragmentado en el que han sido rechazadas las extremidades por prescindibles; quedan torsos, pechos, vientres y nalgas. Rechazando toda presencia objetual (no en vano la artista considera este trabajo como un manifiesto contra el objeto único), el interés gravitará en torno a actividades básicas del propio cuerpo, como comer, fumar o dormir, o residuos como las colillas, el polvo o las arrugas de las sábanas al levantarse alguien de la cama, “ruidos del discurso de la razón”, tal y como los define la misma Valldosera. En El Melic del Món despliega a gran escala las tramas desveladas en Tintes, construidas ahora con colillas dispuestas meticulosamente en el suelo, para barrerlas ella misma, dejando el rastro –la sombra, la apariencia- de un cuerpo femenino –el suyo-, fragmentado, sobredimensionado, en unas grandes lonas donde se fijará. La acción se graba en vídeo, mientras que el proceso de transformación del suelo se documenta mediante fotografías.

Pasando de lo estático al movimiento, de la mancha a la materia, del acto creativo único al proceso compartido y abierto, a la mutabilidad, los puntos de Tintes se transmutan en residuos de cigarrillo, presencias elocuentes del humo que ha atravesado el cuerpo y que ahora lo conforman monumental, punto a punto, dejando los espacios intermedios para que sea quien lo contempla quien construye las tramas y el volumen insinuado. En El Melic del Món el cuerpo aparece como causa y efecto de sus propios residuos, emergiendo desde el rastro de los propios fluidos. A la vez, se intensifica el carácter procesual y el protagonismo del cuerpo adquiere fisicidad al incluir activamente no sólo a la artista, sino también al espectador, que se incorpora como actor cosustancial de la obra que observa. Un factor esencial es la introducción de los elementos tiempo y espacio, que dotan al trabajo de Valldosera del prólogo sobre el que se asentará su trayectoria futura, cuando desarrolle trabajos imprescindibles, como la performance Vendatges o la instalación La caída.

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Fragment del braç. Sèrie: El melic del món. Fotografies #13, 1991-1993

Fotografía | copia color sobre madera
60 x 85 cm.
EV.0009

Parte esencial de sus primeras obras, El Melic del Món, La Panxa de la Terra es, en muchos aspectos, génesis fundamental del trabajo de Eulàlia Valldosera. Concebido durante su estancia en Holanda, donde mantuvo un intenso intercambio de ideas con el artista Ulay, anuncia importantes vías de investigación desarrolladas profundamente por la artista con posterioridad. Así, parte del propio cuerpo como cosmogonía íntima desde la que abordar la existencia, o el desarrollo de procesos emparentados con la paradoja, como crear-borrar, volatilidad-materialidad, higiene-enfermedad y sombra-presencia, elementos recurrentes en el trabajo de la artista, ya protagonistas en El Melic del Món.

Para acercarse a El Melic del Món debe tenerse en cuenta su precedente inmediato, la extensa serie Tintes, donde, desarrollando técnicas cercanas al arte y la filosofía orientales, Valldosera afrontó su trabajo tratando de situarse en el “origen”, como ella misma declaró: «necesitaba aprender a trabajar de nuevo, por lo que me propuse poner en práctica literalmente aquella teoría de Kandinsky de “el punto, la línea y el plano”, y empecé por el principio, es decir, por el punto». En Tintes, el cuerpo surge del entramado de puntos que parece supurar de la superficie del papel, a medio camino entre el orificio y la herida, como si fuese el rastro espectral de los nodos energéticos del cuerpo. Un cuerpo de mujer fragmentado en el que han sido rechazadas las extremidades por prescindibles; quedan torsos, pechos, vientres y nalgas. Rechazando toda presencia objetual (no en vano la artista considera este trabajo como un manifiesto contra el objeto único), el interés gravitará en torno a actividades básicas del propio cuerpo, como comer, fumar o dormir, o residuos como las colillas, el polvo o las arrugas de las sábanas al levantarse alguien de la cama, “ruidos del discurso de la razón”, tal y como los define la misma Valldosera. En El Melic del Món despliega a gran escala las tramas desveladas en Tintes, construidas ahora con colillas dispuestas meticulosamente en el suelo, para barrerlas ella misma, dejando el rastro –la sombra, la apariencia- de un cuerpo femenino –el suyo-, fragmentado, sobredimensionado, en unas grandes lonas donde se fijará. La acción se graba en vídeo, mientras que el proceso de transformación del suelo se documenta mediante fotografías.

Pasando de lo estático al movimiento, de la mancha a la materia, del acto creativo único al proceso compartido y abierto, a la mutabilidad, los puntos de Tintes se transmutan en residuos de cigarrillo, presencias elocuentes del humo que ha atravesado el cuerpo y que ahora lo conforman monumental, punto a punto, dejando los espacios intermedios para que sea quien lo contempla quien construye las tramas y el volumen insinuado. En El Melic del Món el cuerpo aparece como causa y efecto de sus propios residuos, emergiendo desde el rastro de los propios fluidos. A la vez, se intensifica el carácter procesual y el protagonismo del cuerpo adquiere fisicidad al incluir activamente no sólo a la artista, sino también al espectador, que se incorpora como actor cosustancial de la obra que observa. Un factor esencial es la introducción de los elementos tiempo y espacio, que dotan al trabajo de Valldosera del prólogo sobre el que se asentará su trayectoria futura, cuando desarrolle trabajos imprescindibles, como la performance Vendatges o la instalación La caída.

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Eulàlia Valldosera

Fragment del pit. Sèrie: El melic del món. Fotografies #14, 1991

Fotografía
58,2 x 84 cm.
EV.0008
Parte esencial de sus primeras obras, El Melic del Món, La Panxa de la Terra es, en muchos aspectos, génesis fundamental del trabajo de Eulàlia Valldosera. Concebido durante su estancia en Holanda, donde mantuvo un intenso intercambio de ideas con el artista Ulay, anuncia importantes vías de investigación desarrolladas profundamente por la artista con posterioridad. Así, parte del propio cuerpo como cosmogonía íntima desde la que abordar la existencia, o el desarrollo de procesos emparentados con la paradoja, como crear-borrar, volatilidad-materialidad, higiene-enfermedad y sombra-presencia, elementos recurrentes en el trabajo de la artista, ya protagonistas en El Melic del Món.

Para acercarse a El Melic del Món debe tenerse en cuenta su precedente inmediato, la extensa serie Tintes, donde, desarrollando técnicas cercanas al arte y la filosofía orientales, Valldosera afrontó su trabajo tratando de situarse en el “origen”, como ella misma declaró: «necesitaba aprender a trabajar de nuevo, por lo que me propuse poner en práctica literalmente aquella teoría de Kandinsky de “el punto, la línea y el plano”, y empecé por el principio, es decir, por el punto». En Tintes, el cuerpo surge del entramado de puntos que parece supurar de la superficie del papel, a medio camino entre el orificio y la herida, como si fuese el rastro espectral de los nodos energéticos del cuerpo. Un cuerpo de mujer fragmentado en el que han sido rechazadas las extremidades por prescindibles; quedan torsos, pechos, vientres y nalgas. Rechazando toda presencia objetual (no en vano la artista considera este trabajo como un manifiesto contra el objeto único), el interés gravitará en torno a actividades básicas del propio cuerpo, como comer, fumar o dormir, o residuos como las colillas, el polvo o las arrugas de las sábanas al levantarse alguien de la cama, “ruidos del discurso de la razón”, tal y como los define la misma Valldosera. En El Melic del Món despliega a gran escala las tramas desveladas en Tintes, construidas ahora con colillas dispuestas meticulosamente en el suelo, para barrerlas ella misma, dejando el rastro –la sombra, la apariencia- de un cuerpo femenino –el suyo-, fragmentado, sobredimensionado, en unas grandes lonas donde se fijará. La acción se graba en vídeo, mientras que el proceso de transformación del suelo se documenta mediante fotografías.

Pasando de lo estático al movimiento, de la mancha a la materia, del acto creativo único al proceso compartido y abierto, a la mutabilidad, los puntos de Tintes se transmutan en residuos de cigarrillo, presencias elocuentes del humo que ha atravesado el cuerpo y que ahora lo conforman monumental, punto a punto, dejando los espacios intermedios para que sea quien lo contempla quien construye las tramas y el volumen insinuado. En El Melic del Món el cuerpo aparece como causa y efecto de sus propios residuos, emergiendo desde el rastro de los propios fluidos. A la vez, se intensifica el carácter procesual y el protagonismo del cuerpo adquiere fisicidad al incluir activamente no sólo a la artista, sino también al espectador, que se incorpora como actor cosustancial de la obra que observa. Un factor esencial es la introducción de los elementos tiempo y espacio, que dotan al trabajo de Valldosera del prólogo sobre el que se asentará su trayectoria futura, cuando desarrolle trabajos imprescindibles, como la performance Vendatges o la instalación La caída.

Rosa Pera

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Eulàlia Valldosera

Solitària, I. Sèrie: El melic del món. Fotografies #10, 1991

Fotografía
50 x 74,5 cm.
EV.0007
Parte esencial de sus primeras obras, El Melic del Món, La Panxa de la Terra es, en muchos aspectos, génesis fundamental del trabajo de Eulàlia Valldosera. Concebido durante su estancia en Holanda, donde mantuvo un intenso intercambio de ideas con el artista Ulay, anuncia importantes vías de investigación desarrolladas profundamente por la artista con posterioridad. Así, parte del propio cuerpo como cosmogonía íntima desde la que abordar la existencia, o el desarrollo de procesos emparentados con la paradoja, como crear-borrar, volatilidad-materialidad, higiene-enfermedad y sombra-presencia, elementos recurrentes en el trabajo de la artista, ya protagonistas en El Melic del Món.
Para acercarse a El Melic del Món debe tenerse en cuenta su precedente inmediato, la extensa serie Tintes, donde, desarrollando técnicas cercanas al arte y la filosofía orientales, Valldosera afrontó su trabajo tratando de situarse en el “origen”, como ella misma declaró: «necesitaba aprender a trabajar de nuevo, por lo que me propuse poner en práctica literalmente aquella teoría de Kandinsky de “el punto, la línea y el plano”, y empecé por el principio, es decir, por el punto». En Tintes, el cuerpo surge del entramado de puntos que parece supurar de la superficie del papel, a medio camino entre el orificio y la herida, como si fuese el rastro espectral de los nodos energéticos del cuerpo. Un cuerpo de mujer fragmentado en el que han sido rechazadas las extremidades por prescindibles; quedan torsos, pechos, vientres y nalgas. Rechazando toda presencia objetual (no en vano la artista considera este trabajo como un manifiesto contra el objeto único), el interés gravitará en torno a actividades básicas del propio cuerpo, como comer, fumar o dormir, o residuos como las colillas, el polvo o las arrugas de las sábanas al levantarse alguien de la cama, “ruidos del discurso de la razón”, tal y como los define la misma Valldosera. En El Melic del Món despliega a gran escala las tramas desveladas en Tintes, construidas ahora con colillas dispuestas meticulosamente en el suelo, para barrerlas ella misma, dejando el rastro –la sombra, la apariencia- de un cuerpo femenino –el suyo-, fragmentado, sobredimensionado, en unas grandes lonas donde se fijará. La acción se graba en vídeo, mientras que el proceso de transformación del suelo se documenta mediante fotografías.
Pasando de lo estático al movimiento, de la mancha a la materia, del acto creativo único al proceso compartido y abierto, a la mutabilidad, los puntos de Tintes se transmutan en residuos de cigarrillo, presencias elocuentes del humo que ha atravesado el cuerpo y que ahora lo conforman monumental, punto a punto, dejando los espacios intermedios para que sea quien lo contempla quien construye las tramas y el volumen insinuado. En El Melic del Món el cuerpo aparece como causa y efecto de sus propios residuos, emergiendo desde el rastro de los propios fluidos. A la vez, se intensifica el carácter procesual y el protagonismo del cuerpo adquiere fisicidad al incluir activamente no sólo a la artista, sino también al espectador, que se incorpora como actor cosustancial de la obra que observa. Un factor esencial es la introducción de los elementos tiempo y espacio, que dotan al trabajo de Valldosera del prólogo sobre el que se asentará su trayectoria futura, cuando desarrolle trabajos imprescindibles, como la performance Vendatges o la instalación La caída.
Rosa Pera

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Eulàlia Valldosera

La panxa de la Terra. Sèrie: El melic del món. Fotografies #1, 1991

Fotografía
123 x 183 cm.
EV.0006

Parte esencial de sus primeras obras, El Melic del Món, La Panxa de la Terra es, en muchos aspectos, génesis fundamental del trabajo de Eulàlia Valldosera. Concebido durante su estancia en Holanda, donde mantuvo un intenso intercambio de ideas con el artista Ulay, anuncia importantes vías de investigación desarrolladas profundamente por la artista con posterioridad. Así, parte del propio cuerpo como cosmogonía íntima desde la que abordar la existencia, o el desarrollo de procesos emparentados con la paradoja, como crear-borrar, volatilidad-materialidad, higiene-enfermedad y sombra-presencia, elementos recurrentes en el trabajo de la artista, ya protagonistas en El Melic del Món.

Para acercarse a El Melic del Món debe tenerse en cuenta su precedente inmediato, la extensa serie Tintes, donde, desarrollando técnicas cercanas al arte y la filosofía orientales, Valldosera afrontó su trabajo tratando de situarse en el “origen”, como ella misma declaró: «necesitaba aprender a trabajar de nuevo, por lo que me propuse poner en práctica literalmente aquella teoría de Kandinsky de “el punto, la línea y el plano”, y empecé por el principio, es decir, por el punto». En Tintes, el cuerpo surge del entramado de puntos que parece supurar de la superficie del papel, a medio camino entre el orificio y la herida, como si fuese el rastro espectral de los nodos energéticos del cuerpo. Un cuerpo de mujer fragmentado en el que han sido rechazadas las extremidades por prescindibles; quedan torsos, pechos, vientres y nalgas. Rechazando toda presencia objetual (no en vano la artista considera este trabajo como un manifiesto contra el objeto único), el interés gravitará en torno a actividades básicas del propio cuerpo, como comer, fumar o dormir, o residuos como las colillas, el polvo o las arrugas de las sábanas al levantarse alguien de la cama, “ruidos del discurso de la razón”, tal y como los define la misma Valldosera. En El Melic del Món despliega a gran escala las tramas desveladas en Tintes, construidas ahora con colillas dispuestas meticulosamente en el suelo, para barrerlas ella misma, dejando el rastro –la sombra, la apariencia- de un cuerpo femenino –el suyo-, fragmentado, sobredimensionado, en unas grandes lonas donde se fijará. La acción se graba en vídeo, mientras que el proceso de transformación del suelo se documenta mediante fotografías.

Pasando de lo estático al movimiento, de la mancha a la materia, del acto creativo único al proceso compartido y abierto, a la mutabilidad, los puntos de Tintes se transmutan en residuos de cigarrillo, presencias elocuentes del humo que ha atravesado el cuerpo y que ahora lo conforman monumental, punto a punto, dejando los espacios intermedios para que sea quien lo contempla quien construye las tramas y el volumen insinuado. En El Melic del Món el cuerpo aparece como causa y efecto de sus propios residuos, emergiendo desde el rastro de los propios fluidos. A la vez, se intensifica el carácter procesual y el protagonismo del cuerpo adquiere fisicidad al incluir activamente no sólo a la artista, sino también al espectador, que se incorpora como actor cosustancial de la obra que observa. Un factor esencial es la introducción de los elementos tiempo y espacio, que dotan al trabajo de Valldosera del prólogo sobre el que se asentará su trayectoria futura, cuando desarrolle trabajos imprescindibles, como la performance Vendatges o la instalación La caída.

Rosa Pera

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Eulàlia Valldosera 

Fragment II. Sèrie: El melic del món. Fotografies #3, 1990-1991

Fotografía

90 x 133 cm.

EV.0005

Parte esencial de sus primeras obras, El Melic del Món, La Panxa de la Terra es, en muchos aspectos, génesis fundamental del trabajo de Eulàlia Valldosera. Concebido durante su estancia en Holanda, donde mantuvo un intenso intercambio de ideas con el artista Ulay, anuncia importantes vías de investigación desarrolladas profundamente por la artista con posterioridad. Así, parte del propio cuerpo como cosmogonía íntima desde la que abordar la existencia, o el desarrollo de procesos emparentados con la paradoja, como crear-borrar, volatilidad-materialidad, higiene-enfermedad y sombra-presencia, elementos recurrentes en el trabajo de la artista, ya protagonistas en El Melic del Món.

Para acercarse a El Melic del Món debe tenerse en cuenta su precedente inmediato, la extensa serie Tintes, donde, desarrollando técnicas cercanas al arte y la filosofía orientales, Valldosera afrontó su trabajo tratando de situarse en el “origen”, como ella misma declaró: «necesitaba aprender a trabajar de nuevo, por lo que me propuse poner en práctica literalmente aquella teoría de Kandinsky de “el punto, la línea y el plano”, y empecé por el principio, es decir, por el punto». En Tintes, el cuerpo surge del entramado de puntos que parece supurar de la superficie del papel, a medio camino entre el orificio y la herida, como si fuese el rastro espectral de los nodos energéticos del cuerpo. Un cuerpo de mujer fragmentado en el que han sido rechazadas las extremidades por prescindibles; quedan torsos, pechos, vientres y nalgas. Rechazando toda presencia objetual (no en vano la artista considera este trabajo como un manifiesto contra el objeto único), el interés gravitará en torno a actividades básicas del propio cuerpo, como comer, fumar o dormir, o residuos como las colillas, el polvo o las arrugas de las sábanas al levantarse alguien de la cama, “ruidos del discurso de la razón”, tal y como los define la misma Valldosera. En El Melic del Món despliega a gran escala las tramas desveladas en Tintes, construidas ahora con colillas dispuestas meticulosamente en el suelo, para barrerlas ella misma, dejando el rastro –la sombra, la apariencia- de un cuerpo femenino –el suyo-, fragmentado, sobredimensionado, en unas grandes lonas donde se fijará. La acción se graba en vídeo, mientras que el proceso de transformación del suelo se documenta mediante fotografías.

Pasando de lo estático al movimiento, de la mancha a la materia, del acto creativo único al proceso compartido y abierto, a la mutabilidad, los puntos de Tintes se transmutan en residuos de cigarrillo, presencias elocuentes del humo que ha atravesado el cuerpo y que ahora lo conforman monumental, punto a punto, dejando los espacios intermedios para que sea quien lo contempla quien construye las tramas y el volumen insinuado. En El Melic del Món el cuerpo aparece como causa y efecto de sus propios residuos, emergiendo desde el rastro de los propios fluidos. A la vez, se intensifica el carácter procesual y el protagonismo del cuerpo adquiere fisicidad al incluir activamente no sólo a la artista, sino también al espectador, que se incorpora como actor cosustancial de la obra que observa. Un factor esencial es la introducción de los elementos tiempo y espacio, que dotan al trabajo de Valldosera del prólogo sobre el que se asentará su trayectoria futura, cuando desarrolle trabajos imprescindibles, como la performance Vendatges o la instalación La caída.

 

Rosa Pera


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