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Mireia Sallarès

(Barcelona, 1973)

 

Nacida en Barcelona en 1973, Mireia Sallarès podría definirse como una artista extranjera. El motivo no es el que haya realizado proyectos en Francia, México, Estados Unidos, Venezuela o Serbia, sino que la condición existencial de extranjería, la que hace sentirse extraño en la propia tierra, en el propio cuerpo o con las propias ideas, juega un papel clave en sus trabajos; como también lo hace el formato de entrevista que utiliza para sumergirse en las historias de vida de las personas que conoce allá donde va.

Mireia Sallarès considera que «la UNESCO debería declarar lo que cada uno ha hecho, con lo que la vida le ha dado o le ha quitado, patrimonio de la humanidad». Hace hincapié en las particularidades que convierten a cada individuo en único, excepcional e irrepetible. Si, según Maurice Halbwachs, la memoria histórica y la memoria colectiva sólo retienen las similitudes; la artista apuesta, como Danilo Kiš en La Enciclopedia de los muertos, por patrimonializar la des-semejanza. Erige monumentos colectivos que incorporan pluralidad de voces y de experiencias, con los que pone en crisis los aparatos de construcción de un discurso dominante, simplificado y unívoco, sobre temas tan complejos como son el amor, el sexo, la verdad, la legalidad, la violencia o la muerte.

 

Cèlia del Diego


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Mireia Sallarès 

Las Muertes Chiquitas, 2012

Múltiple | Papel picado mexicano, producción artesanal
50,5 x 35 cm.

Las Muertes Chiquitas es una edición de Mireia Sallarès que emplea la técnica artesanal del papel picado mexicano y se inscribe en el marco del proyecto homónimo de largo recorrido que la artista realizó en México entre 2006 y 2009.

La muerte chiquita, o la petite mort, es la expresión con que coloquialmente denominan el estado de catarsis y embriaguez que siguen al clímax del orgasmo sexual; aquel estado extremo que Georges Bataille define como «el deseo de vivir dejando de vivir o de morir sin dejar de vivir». Para el proyecto, Mireia Sallarès toma prestada la expresión de una canción popular mexicana que implora «dame la muerte chiquita, antes del último sueño». De hecho, este es precisamente el deseo de María, una de las treinta mujeres entrevistadas para la película alrededor de la cual pivota el proyecto, cuando dice «si yo pudiera elegir mi muerte, yo quisiera morirme en un orgasmo». Pero en la narración de María, como en la del resto de participantes, la cuestión del orgasmo se convierte sólo un pretexto a partir del cual dinamitar la dicotomía entre los conceptos de placer y de dolor, de vida y de muerte; buscar puntos de contacto entre lo erótico y lo político; y plantear reflexiones sobre asuntos como el feminicidio, la lucha armada o la realidad sociopolítica que las rodea.

Además del impactante largometraje, el proyecto cuenta con un rótulo luminoso que acompaña a la artista por todas partes, una serie de fotografías de las protagonistas, un libro de artista que combina la documentación generada con ensayos encargados para la ocasión, y un par de papeles picados realizados por el artesano Miguel Santibáñez: en uno de ellos se reproduce el fragmento de un texto de Maite Larrauri que analiza la complejidad del deseo en Deleuze, y en el otro, el rostro femenino de la muerte nos sonríe impasible.

Para esta última producción, Mireia Sallarès recurre a una técnica tradicional mexicana y a un celebrado símbolo de su cultura popular. Por un lado se apropia de un elemento ornamental con el que los mexicanos engalanan altares de sus ancestros para el festejo del Día de Muertos; y, por otro, reversiona el personaje de la Calavera Garbancera, o como la rebautizó Diego Rivera, la Catrina. Este icono recurrente, que remite a la primigenia dama de la muerte y fusiona los imaginarios de la mujer y la muerte en uno solo, es despojada ahora, en Las Muertes Chiquitas, de todos sus accesorios.

En 2009 Mireia Sallarès concibió una instalación sonora que no se ha llegado a producir y que ponía en relación guirnaldas de la frágil artesanía con algunas recomendaciones musicales de las mujeres entrevistadas. En el boceto se aprecia que la intervención tomaría la forma de una especie de altar, quizás otro de sus monumentos colectivos, dedicado éste a la mujer mexicana. Citando la propia artista, «es así, en mi opinión, como los papeles picados representan, como en una metáfora, la esencia de las experiencias de los orgasmos, el dolor, la muerte y la historia de vida de estas mujeres y de este proyecto».

Cèlia del Diego


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