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Perejaume 

(Sant Pol, Barcelona, 1957)

Artista y escritor, formado entre las clases de historia del arte y filosofía en la Universidad de Barcelona, ​​así como entre Verdaguer, Foix, Jujol, Miró y Brossa, la cultura popular catalana y el mundo campesino, comienza a exponer como pintor a mediados de los años setenta. Pronto su pintura convive con textos, performances y vídeos, dibujando una trayectoria que redefine el pleinairismo y paisajismo con modos propios de decir y hacer, como el pesebrismo, la despintura, el Oïsmo y recientemente la maniobra, que lo ha llevado a comisariar Nocturndiürn (NocturnoDiürno) (Fundación Palau, 2013) y Maniobra, paralela a la publicación Mareperlers y ovaladors (MNAC, 2014). Perejaume alcanza así la máxima expresión de un gesto ecológico que diluye distinciones entre autoría y público, naturaleza y cultura, presente en todas sus exposiciones, desde Postaler (Sala Moncada, 1985) o Deixar de fer una exposició (Dejar de hacer una exposición) (MACBA, 2009). Ha publicado libros de ensayo, como Ludwig Jujol (Granada, 1989), Oïsme (Proa, 1998), L’obra i la por (La obra y el miedo) (Galaxia Gutenberg, 2007), y de poesía, como Obreda (Empúries, 2003) y Pagèsiques (Ediciones 62, 2011). Ha recibido el Premio Nacional de Artes Visuales (Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya, 2005) y el Premio de Artes Plásticas (Ministerio de Cultura de España, 2006), entre otros.

Joana Hurtado Matheu


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Perejaume

Teló seguit, 1999

Vídeo | color | sin sonido | bucle

 

Se baja el telón y no se detiene. En Teló Seguit (Telón seguido), vídeo de Perejaume, una tela de terciopelo rojo que cubre todo el plano cae lentamente, en bucle y en silencio, mientras la mirada de la cámara asciende. El efecto, pues, es que va cayendo, en gerundio, porque no llega a caer -o cae siempre. En palabras del artista: «Un atardecer que nunca termina». El telón como punto y final de la función teatral es aquí un punto y seguido. ¿Pero de qué? ¿Que cierra o qué sigue? ¿Qué representa?

El telón divide el escenario, donde las obras se repiten, de la platea, donde se refleja y discurre cada uno de los imaginarios del público. Perejaume utiliza la aparente superficialidad de la cortina, que delimita los espacios y los tiempos, para señalar, paradójicamente, su densidad de proyección. Porque es en el momento en que le cierran el acceso, que el espectador entra en escena, cuando toma distancia y descubre que participa, que la llamada «cuarta pared» que conforma el público no es ningún muro, a pesar de que sostenga el juego de relaciones de cualquier representación. Además, un telón en acción no puede ser ni un final ni una frontera. Suspendida la lógica de tiempo y espacio, todo se dilata, y lo que separaba de repente se convierte en un vínculo ambivalente y fluctuante que estimula nuestra imaginación sin agotarla.

«En esto consiste el espectáculo, en esperar a solas en el aire inquieto, que empiece, que algo comience, que haya algo más que uno mismo», dice Samuel Beckett en La innombrable. Y termina: «allí donde estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que continuar, no puedo continuar, continuaré.» Pendientes, estamos lejos de consumir el espectáculo. En la indefinición, aquello que se nos resiste es lo que nos hace seguir aguantando, como el telón, que no da a ver nada más que el aparato que lo sujeta. Y si el dispositivo es dinámico, el sentido se encuentra siempre desplazado. La actuación por lo tanto no está detrás, sino que es el propio telón, como la inaccesibilidad a la obra es la obra misma.

Cinta sin fin o circuito cerrado, la impresión de continuidad es una constante en la obra del artista, sea pintura, escritura o vídeo. El rojo aterciopelado de este telón es el mismo con el que Perejaume forra el patio de butacas pintado en el techo del Liceo. El continuo vertical de la cortina, como el despliegue orográfico de la platea, señalan las coordenadas donde se encuentran y se confunden la imagen y la imaginación, el artista y el espectador. El tejido de imágenes es tan largo que es imposible acotarlo y exhibirlo, ya sea en la boca de un teatro o en el marco de un museo. Por eso el trompe-l’œil, el loop… mecanismos que cuestionan la transparencia del medio, para hacernos ver la serie de representaciones que desbocan siempre más allá.

«Por todas partes termina donde empieza», dice un verso de Verdaguer, «allí donde ves el desierto enjambres de mundos hormiguean». El telón es aquel punto impreciso y a la vez clave donde la obra se hace y se deshace, donde se despliega y repliega la interpretación, y si ésta no se detiene, sus pliegues son por fuerza infinitos. El desobramento como movimiento de dónde vienen y donde van a parar todas las obras recorre la obra de Perejaume como este telón seguido, que no ha comenzado y no se acaba.

Joana Hurtado Matheu

 

 

 


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