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Pauline Fondevila

 

Pauline Fondevila (Le Havre, Francia, 1972) trabaja con el dibujo, la instalación y la escultura para dar forma y visibilidad a su universo personal. Un imaginario que desarrolla alrededor de P., autorretrato que en 2006 se convierte en un títere de madera. Un mapa afectivo que alimenta con recuerdos pero también con referencias del mundo del cómic (Tex Willer, Little Nemo), de la música pop (Nacho Vegas, Los Planetas, Family), del cine (Truffaut, Godard, Nanni Moretti) y del arte (On Kawara, Maurizio Cattelan, Edward Hopper). Citas que contaminan su trabajo como un dripping de ideas que adopta y adapta (desvincula, trocea y monta) de una obra a otra, sea cual sea el formato: adhesivos (Le plaisir des yeux, 2004), un cómic en colaboración con Francesc Ruiz y dibujos de François Olislaeger (Echoesland, 2004), un póster (Share the Darkness, 2005), un mural escrito (De Nacho Vegas a Francesc Ruiz), dibujos sobre papel (como Cerca del cielo II, 2006; Es mi mundo tan pequeño, 2006) o instalaciones (Una extraña mañana en Gijón, partes I y II, 2006). Tras estar sentada en su escritorio, centro neurálgico de su microcosmos, P. se levanta para dibujar sobre la pared, mientras sus referencias se amplían y se aíslan, creando un iconostasio cada vez más consolidado.

Joana Hurtado Matheu



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Pauline Fondevila

P./ Retour au nord II, 2005

Instalación | Muñeca articulada de madera y dibujos
Dimensiones variables (x21)
PF.0001

 

En diagonal, hacia arriba, así piensan los personajes de los dibujos. Así nuestro imaginario reconoce lo mental. Como una nube de imágenes y palabras fragmentadas que quedan flotando en el aire. Así son los dibujos de Pauline Fondevila, un fluir de ideas y alusiones, de recuerdos y metáforas, de citas, lugares y objetos que salen de una misma figura: ella. La artista en miniatura, esquemática, se multiplica en cada cuadro para recordar alguna cosa nueva, y lo mismo. Porque todo está vinculado. Todo es ella, que se convierte en muñeco para hacernos ver cómo todo forma parte de un mismo viaje.

“El sueño de la razón produce monstruos”, y aquí tienen nombre. Son los colgados de Maurizio Cattelan o el desplomado Donkey de Stephen Wilks. Cuadros vivientes enmarcados de nuevo, como la Singing Sculpture de Gilbert & George o La piel del oso de El Hijo. A través de referencias musicales, cinematográficas y artísticas, Fondevila representa su historia personal, buscando en la ficción de los otros su diario íntimo. A la vez, al convertir lo público en privado, la heroína se vuelve cotidiana, modelada a su medida. Como el álbum de familia que acoge al forastero, su exilio interior se nutre de un imaginario colectivo que el espectador podrá reconocer sin llegar a conocerlo nunca. Porque su gesto no es sincero. Fondevila no se abre en canal, solo piensa en voz alta.

Todo empieza ante un ordenador. Su retrato, pensativo, mira hacia arriba, cuando la mesa se pone a volar y ella acaba convertida en mariposa. Una metamorfosis que nos lleva del personaje bidimensional a la marioneta P. Alter ego del artista, P. podría ser Pinocho, aquel cuento donde la inventiva produce monstruos de verdad: un niño pegado a una nariz, una madera articulada que imagina. Pero también puede ser la Bambola de Patty Bravo, que canta “no muchacho, no” mientras se pregunta con Jeannette “¿Por qué te vas?”, que pincha “I’m not gonna crack” de Nirvana seguido del “I want you” de Bob Dylan.

P. sueña despierta. Sobre todo en blanco y negro, a veces en color, como cuando Destroy all monsters hace que vuelvan las mariposas. Guionista, protagonista y espectadora, P. se deja llevar. Está en su escritorio, en un rincón de los cuadros, pero también subida a un árbol, bajo una mesa, encima de un disco, en un autobús… volviendo al norte. De allá donde vienen las ideas, y a donde acaban volviendo. “Avanzar dando vueltas”, dirá la artista de sus viajes. “Buscamos por todos los rincones y no nos encontramos”, escribe Kafka en su diario.

La evasión de P. se traduce en una marea de esbozos donde la indefinición del dibujo se conjuga con la inestabilidad del sueño. Un microcosmos imprevisto que se crea a medida que avanza, como se busca el dibujo al dibujar. Con la confianza de lo que sale, sin reservas y con la impresión dolorosa de lo que se escapa, la divagación impide trazar con una línea un mundo tan complejo. Tal vez por eso, el mural –dibujado y escrito– se expande más allá de sí mismo, hacia lo que no se puede decir ni dibujar.

Joana Hurtado Matheu

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