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Tacita Dean

 

Tacita Dean (Canterbury, Reino Unido, 1965) es famosa por las magníficas películas que ha realizado en la última década. Con frecuencia utiliza las vicisitudes del propio medio fílmico para desarrollar los conceptos del envejecimiento y el paso del tiempo, un vocabulario de luces y sombras, y el potencial seductor de la obsolescencia. El título de su reciente gran retrospectiva en el Schaulager de Basilea es revelador: “Analogue: Films, Photographs, Drawings 1991–2006” (Analógico: películas, fotografías y dibujos 1991-2006). En dicha muestra se puso de manifiesto que, en la obra de Dean, la lealtad formal a la utilización de equipos no digitales se amplía hasta convertirse en una reflexión sobre la persistencia de otros fenómenos que se difuminan: los recuerdos, las supersticiones, determinadas reliquias arquitectónicas… Este aspecto se recogía de manera similar en el “ballet mecánico” de Kodak (2006), ambientado en una fábrica de dicha empresa cerrada en la actualidad, donde se llora uno de los últimos ciclos productivos del celuloide en que se rodó. Dean participó en la 51.ª Bienal de Venecia con Palast (2004), una cinta proyectada sobre la parte superior de un muro que entretejía reflexiones en las ventanas del Palacio de la República berlinés (en alemán, Palast der Republik), un edificio ya desaparecido que por entonces estaba condenado a la demolición. En su otra aportación también aparecía una estructura icónica que ya no puede contemplarse: la película Mario Merz (2002) muestra al magistral artista del movimiento arte povera sentado plácidamente a la sombra de un árbol.

Max Andrews


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Tacita DeanBaobab, 2001
Película | b/n | 16 mm | 10′
 
 TD.0003-
Como muchas de las obras de Tacita Dean, la película de 16 mm Baobab (2002) –y las fotografías relacionadas Baobab I y Baobab III (2001)– es el resultado de un encuentro fortuito. La artista estaba en Madagascar porque quería filmar un eclipse total de sol (un proyecto que se convirtió en el film Diamond Ring, 2002). Allí quedó fascinada por los gigantescos árboles del género Adansonia que poblaban la isla, popularmente conocidos con el nombre de baobabs, seis especies del cual son autóctonas del país. “Son imponentes, orgullosos y muy especiales”, ha afirmado la artista, “varados por toda la eternidad entre las moscas, la hierba y el ganado indiferente”.1 La película que se deriva es una compilación formalmente precisa de secuencias filmadas en blanco y negro, que incluyen primeros planos abstractos de la colosal corteza de los árboles, sus extraordinarias formas recortadas contra el cielo y visiones de lejos de su presencia vigilante en la llanura africana, en una serie de imágenes reflexivamente estáticas y dispersas. Un contrapunto temporal a la imponente quietud de los inmensos árboles lo ofrecen los movimientos y ruidos del rebaño de vacas que pasta dentro del campo de visión de la lente.

El baobab es el tema principal de varios mitos antropomórficos que intentan explicar su extraña forma –su espectacular tronco bulboso y sus ramas en forma de raíz. Las leyendas hablan, por ejemplo, de un antepasado malvado que ha sido arrancado y condenado a crecer boca abajo. De hecho, su forma parece exigir la asignación de una personalidad humana: “están allí, de pie, inmóviles en una postura animada, con las manos en la cadera, los brazos hacia el cielo, acercándose entre sí para oírse la voz… parecen haber perdido su ascendencia prehistórica, convertidos en una calma jadeante”, ha escrito Dean.2

La artista ha hecho referencia a la popular narración infantil Le Petit Prince (1943), de Antoine de Saint-Exupéry, en la que un baobab se ve implicado en un apuro filosófico que sugiere una reflexión sobre la paciencia, la temporalidad, la extinción y la obsolescencia material, temas que ya hace tiempo que Dean ha introducido en su práctica. En la alegoría de Saint-Exupéry sobre la humanidad, la sabiduría de la juventud y la insensatez de la vejez, el pequeño asteroide habitado por el pequeño príncipe está poblado de baobabs (“árboles grandes como castillos”) que amenazan con aplastarlo. El pequeño príncipe debe arrancar de raíz los pequeños baobabs antes de que crezcan demasiado: el árbol se convierte en una metáfora de un problema que hay que solucionar de inmediato, antes de dejar que arraigue.

En su consideración de las calidades simbólicas y estructurales de los árboles, los Baobab de Dean podrían relacionarse conceptualmente con la obra Oxfordshire Oaks (1990), del artista canadiense Rodney Graham. Las fotografías de Graham, visiones invertidas de árboles aislados, también crean una forma de retrato arbóreo. Las fotos son a la vez imágenes ópticas icónicas –parecidas a una ilustración enciclopédica, un significante universal de la arboridad– y estudios de personajes bien parecidos. Sin embargo, como ha descrito Dean, ella considera que el roble y el baobab son almas distintas: “No existen dos robles iguales, pero a la larga son lo mismo. Los baobabs nunca pueden intercambiarse entre sí. No, cada árbol es único.”3

1. Tacita Dean, declaraciones de la artista, Frith Street Gallery. 2. Ibíd. 3. Ibíd.

Max Andrews

 

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Tacita Dean

Baobab III, 2001

Fotografía | Fotografía b/n sobre papel de fibra
95 x 130 cm.
TD.0002-

Como muchas de las obras de Tacita Dean, la película de 16 mm Baobab (2002) –y las fotografías relacionadas Baobab I y Baobab III (2001)– es el resultado de un encuentro fortuito. La artista estaba en Madagascar porque quería filmar un eclipse total de sol (un proyecto que se convirtió en el film Diamond Ring, 2002). Allí quedó fascinada por los gigantescos árboles del género Adansonia que poblaban la isla, popularmente conocidos con el nombre de baobabs, seis especies del cual son autóctonas del país. “Son imponentes, orgullosos y muy especiales”, ha afirmado la artista, “varados por toda la eternidad entre las moscas, la hierba y el ganado indiferente”.1 La película que se deriva es una compilación formalmente precisa de secuencias filmadas en blanco y negro, que incluyen primeros planos abstractos de la colosal corteza de los árboles, sus extraordinarias formas recortadas contra el cielo y visiones de lejos de su presencia vigilante en la llanura africana, en una serie de imágenes reflexivamente estáticas y dispersas. Un contrapunto temporal a la imponente quietud de los inmensos árboles lo ofrecen los movimientos y ruidos del rebaño de vacas que pasta dentro del campo de visión de la lente.

El baobab es el tema principal de varios mitos antropomórficos que intentan explicar su extraña forma –su espectacular tronco bulboso y sus ramas en forma de raíz. Las leyendas hablan, por ejemplo, de un antepasado malvado que ha sido arrancado y condenado a crecer boca abajo. De hecho, su forma parece exigir la asignación de una personalidad humana: “están allí, de pie, inmóviles en una postura animada, con las manos en la cadera, los brazos hacia el cielo, acercándose entre sí para oírse la voz… parecen haber perdido su ascendencia prehistórica, convertidos en una calma jadeante”, ha escrito Dean.2

La artista ha hecho referencia a la popular narración infantil Le Petit Prince (1943), de Antoine de Saint-Exupéry, en la que un baobab se ve implicado en un apuro filosófico que sugiere una reflexión sobre la paciencia, la temporalidad, la extinción y la obsolescencia material, temas que ya hace tiempo que Dean ha introducido en su práctica. En la alegoría de Saint-Exupéry sobre la humanidad, la sabiduría de la juventud y la insensatez de la vejez, el pequeño asteroide habitado por el pequeño príncipe está poblado de baobabs (“árboles grandes como castillos”) que amenazan con aplastarlo. El pequeño príncipe debe arrancar de raíz los pequeños baobabs antes de que crezcan demasiado: el árbol se convierte en una metáfora de un problema que hay que solucionar de inmediato, antes de dejar que arraigue.

En su consideración de las calidades simbólicas y estructurales de los árboles, los Baobab de Dean podrían relacionarse conceptualmente con la obra Oxfordshire Oaks (1990), del artista canadiense Rodney Graham. Las fotografías de Graham, visiones invertidas de árboles aislados, también crean una forma de retrato arbóreo. Las fotos son a la vez imágenes ópticas icónicas –parecidas a una ilustración enciclopédica, un significante universal de la arboridad– y estudios de personajes bien parecidos. Sin embargo, como ha descrito Dean, ella considera que el roble y el baobab son almas distintas: “No existen dos robles iguales, pero a la larga son lo mismo. Los baobabs nunca pueden intercambiarse entre sí. No, cada árbol es único.”3

 1. Tacita Dean, declaraciones de la artista, Frith Street Gallery. 2. Ibíd. 3. Ibíd.

  Max Andrews


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Tacita Dean

Baobab I (three trees with shadows), 2001

Fotografía | Fotografía b/n sobre papel de fibra
95 x 130 cm.
TD.0001-
 

Como muchas de las obras de Tacita Dean, la película de 16 mm Baobab (2002) –y las fotografías relacionadas Baobab I y Baobab III (2001)– es el resultado de un encuentro fortuito. La artista estaba en Madagascar porque quería filmar un eclipse total de sol (un proyecto que se convirtió en el film Diamond Ring, 2002). Allí quedó fascinada por los gigantescos árboles del género Adansonia que poblaban la isla, popularmente conocidos con el nombre de baobabs, seis especies del cual son autóctonas del país. “Son imponentes, orgullosos y muy especiales”, ha afirmado la artista, “varados por toda la eternidad entre las moscas, la hierba y el ganado indiferente”.1 La película que se deriva es una compilación formalmente precisa de secuencias filmadas en blanco y negro, que incluyen primeros planos abstractos de la colosal corteza de los árboles, sus extraordinarias formas recortadas contra el cielo y visiones de lejos de su presencia vigilante en la llanura africana, en una serie de imágenes reflexivamente estáticas y dispersas. Un contrapunto temporal a la imponente quietud de los inmensos árboles lo ofrecen los movimientos y ruidos del rebaño de vacas que pasta dentro del campo de visión de la lente.

El baobab es el tema principal de varios mitos antropomórficos que intentan explicar su extraña forma –su espectacular tronco bulboso y sus ramas en forma de raíz. Las leyendas hablan, por ejemplo, de un antepasado malvado que ha sido arrancado y condenado a crecer boca abajo. De hecho, su forma parece exigir la asignación de una personalidad humana: “están allí, de pie, inmóviles en una postura animada, con las manos en la cadera, los brazos hacia el cielo, acercándose entre sí para oírse la voz… parecen haber perdido su ascendencia prehistórica, convertidos en una calma jadeante”, ha escrito Dean.2

La artista ha hecho referencia a la popular narración infantil Le Petit Prince (1943), de Antoine de Saint-Exupéry, en la que un baobab se ve implicado en un apuro filosófico que sugiere una reflexión sobre la paciencia, la temporalidad, la extinción y la obsolescencia material, temas que ya hace tiempo que Dean ha introducido en su práctica. En la alegoría de Saint-Exupéry sobre la humanidad, la sabiduría de la juventud y la insensatez de la vejez, el pequeño asteroide habitado por el pequeño príncipe está poblado de baobabs (“árboles grandes como castillos”) que amenazan con aplastarlo. El pequeño príncipe debe arrancar de raíz los pequeños baobabs antes de que crezcan demasiado: el árbol se convierte en una metáfora de un problema que hay que solucionar de inmediato, antes de dejar que arraigue.

En su consideración de las calidades simbólicas y estructurales de los árboles, los Baobab de Dean podrían relacionarse conceptualmente con la obra Oxfordshire Oaks (1990), del artista canadiense Rodney Graham. Las fotografías de Graham, visiones invertidas de árboles aislados, también crean una forma de retrato arbóreo. Las fotos son a la vez imágenes ópticas icónicas –parecidas a una ilustración enciclopédica, un significante universal de la arboridad– y estudios de personajes bien parecidos. Sin embargo, como ha descrito Dean, ella considera que el roble y el baobab son almas distintas: “No existen dos robles iguales, pero a la larga son lo mismo. Los baobabs nunca pueden intercambiarse entre sí. No, cada árbol es único.”3

 1. Tacita Dean, declaraciones de la artista, Frith Street Gallery. 2. Ibíd. 3. Ibíd.


Max Andrews


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