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Gregory Crewdson

 

El “tiene que parecer lo más natural del mundo” bien pudiera resumir la idea que sobrevuela buena parte de la producción de Gregory Crewdson (Nueva York, 1962), un fotógrafo-constructor de escenas-paralizadas que trabaja con series muy amplias y elaboradas en las que el cuidado del más mínimo detalle denota una obsesión por la idea de superposición del simulacro sobre la realidad misma; es decir, la primacía de la representación en la fotografía y el arte contemporáneo frente a otras tendencias más documentales. Hay en Crewdson una firme apuesta por lo cinematográfico, por una visión contaminada por la manera de hacer y ver cine, además de por una determinada forma de narrar que transita entre la escritura de un guión, la escenificación de una toma y la congelación de un momento que propicia la fotografía. Además de sus trabajos tempranos –realizados entre 1986 y 1988-, Gregory Crewdson ha puesto en pie al menos cinco series fotográficas: Natural Wonder, en el que se detiene en el mundo natural de una manera completamente artificial, elaborando composiciones con animales saturadas de color; Hover, una serie en blanco y negro de una urbanización del extrarradio de una ciudad americana; Twilight, similar a la anterior pero con los colores característicos del autor; Dream House, con escenas de interiores domésticos y Beneath the Roses, una especie de historia urbana.

Juan Antonio Álvarez Reyes

 


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Gregory Crewdson

Dream House, 2002

Fotografía | C-print
73,6 x 111,7 cm. (x12)
GC.0005-

Las doce imágenes que componen Dream House, 2002, giran en torno a la perturbación de la normalidad e inciden en la falacia del hogar como lugar de cariño y comprensión en el que todos sus componentes viven felizmente. En ellas Crewdson (mostrándonos personajes que se ignoran, se dan la espalda, permanecen callados o están ausentes, con la mirada perdida y profundamente insatisfechos) trata de desvelar cómo la pretendida armonía familiar de la clase media estadounidense se sustenta en la permanente representación de los roles asignados socialmente y en la represión de todos aquellos aspectos que se salen de las normas sociales establecidas. Así el hogar, incapaz de admitir ninguna transgresión o desviación de la norma, se convierte en el contenedor doméstico donde se ahogan las necesidades y se subliman los deseos. En estas imágenes observamos cómo lo siniestro acecha detrás de cada uno de esas escenas aparentemente triviales para subrayar la importancia de lo oculto y lo desconocido en la convivencia de cada día. Tenemos la sensación de que nadie conoce realmente lo que el otro (o, incluso uno mismo) será capaz de decir o de hacer, es un misterio lo que puede llegar a suceder en un momento determinado, qué situación de agresividad o violencia se puede desarrollar si se llega a romper ese estrecho vínculo que los une bajo el mismo techo.

Con esta desesperanzada visión de la familia media norteamericana, como un laberinto de soledades donde existe una constatada imposibilidad de comunicación con el otro, asistimos a la deconstrucción sistemática del mito de la felicidad en el american way of life para mostrarnos, mediante la utilización de un lenguaje irónico y ácido, la profunda fragilidad que preside la vida de los diferentes personajes que aparecen en sus imágenes. Unos individuos encerrados entre las cuatro paredes de una confortable casa en la que se goza de una buena posición económica, pero que se encuentran paralizados por la frustración personal, el ensimismamiento anímico y la incomunicación vital más absoluta.

Gregory Crewdson cultiva en sus fotografías un doble sentimiento estrechamente relacionado: por un lado, el de extrañamiento (frente a un entorno que aparece casi siempre como hostil); y por el otro, el de extrañeza (frente a uno mismo que no llega nunca a reconocerse). Es como si sus imágenes nos llevaran a contemplar la realidad desde los umbrales de la misma, en la que nos atrevemos a explorar los límites pero no dejamos de dudar entre la interrogación por el porvenir y el temor a lo desconocido. Así, su visión introduce fisuras en cuanto a la integridad de la realidad se refiere y representa lo que parece que está a punto de suceder (el accidente, la equivocación, la catástrofe…). Paralelamente, en sus composiciones encontramos a unos personajes que están a la deriva, individuos que parecen haber perdido las coordenadas, que ya no tienen un papel asignado en la historia que se narra, que han abandonado su lugar en la sociedad y han adquirido una sensación de vacío que les descoloca y les hace vivir en un estado de flotación, con lo que les convierte en sujetos limítrofes que no encuentran ni un camino ni un sitio en ese entorno que parecía el suyo.

José Miguel G. Cortés


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Gregory Crewdson

Untitled (blue period), 2004

Fotografía | C-print
143 x 221,5 cm.
GC.0004-

Las habitaciones de hoteles, sus imágenes y evocaciones están asociadas a cierta melancolía, a un poco de desposesión y a una especie de no estar. La memoria relaciona las habitaciones de hoteles ocupadas por mujeres a un determinado autor del que sin duda Crewdson se inspira en sus construcciones de interiores cargadas de emociones que sólo pueden ser experimentadas en silencio. Ese autor es Edward Hopper, el pintor norteamericano que influyó e incorporó una especial visión que Crewdson comparte: la relacionada con el cine. Como en Hopper, Crewdson detiene escenas y escenarios, los congela no sólo en el tiempo, sino también en su silencio y, dentro de esta mudez, los personajes son los actores de una ficción que habla por medio de una determinada tensión psicológica, aunque no se pueda saber a qué responde esa tensión. A esta incertidumbre se une el desconocimiento del antes y el después propio de la fotografía. Al sustraerse esa información al espectador, éste tiene que elaborar su propia ficción a partir de las pistas dejadas en la imagen. Pistas reales y pistas falsas ante las que se debe uno detener: las maletas abiertas, la ropa quitada y dejada descuidadamente en el suelo, los tres espejos que reflejan aportando mayor información, las puertas abiertas, la penumbra azulada del dormitorio y el iluminado cuarto de baño; pero, sobre todo, el cuerpo femenino desnudo, pensativo o absorto en algo que no puede apartar de la mente, tras haber tomado un baño o una ducha nada más llegar del viaje y tomar posesión de cuarto. Hay un contraste entre el orden antes de ser ocupada la estancia y el desorden aportado por su ocupante, rayano a una especie de dejadez que puede ser fruto del cansancio del viaje o bien personal de su nueva habitante –las raíces destintadas del pelo femenino pueden aportar más información al respecto-. Todas estas pistas son importantes si queremos entrar en la ficción que nos propone el artista, puesto que sabemos que su autor las ha puesto ahí de manera casi obsesiva, con una meticulosidad extrema.

En “Habitación de hotel” (1931), de Edward Hopper, también vemos un personaje femenino absorto, que se ha desposeído de sus vestimentas, de su formalidad ante los demás, y que acaba también de tomar posesión temporal de un nuevo espacio que será su casa no sabemos por cuánto tiempo. Como en la fotografía de Crewdson, los zapatos de tacón están por el suelo, las maletas no han sido deshechas, pero el personaje-ocupante está concentrado-ausente en algo que no puede obviar. Si la llegada al hotel en la noche aumenta la sensación de una realidad otra diferente a la cotidianidad, en “La ciudad por la mañana” (1944), también de Hopper, en una habitación iluminada por una luz que está -como en la imagen de Crewdson- dominada por un extraño azul-verdoso, un personaje desnudo femenino mira a través de la ventana. Está también absorto en algún pensamiento, quizás algo de lo que haya visto fuera le haya hecho volver a pensar en eso que no puede quitar de su mente. Con el pelo también hacia atrás, todas estas mujeres desnudas, todas estas habitaciones de hotel, hablan de unas convenciones y formalismos del habitar temporal y de la dificultad de la huída de aquello que no podemos apartar de nuestro pensamiento.

Juan Antonio Álvarez Reyes

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Gregory Crewdson

Untitled (oasis), 2004

Fotografía | C-print
143 x 221,7 cm.
GC.0003-

Perteneciente a la serie “Beneath the Roses” (2003-05), esta imagen quiere, como ha escrito Stephan Berg en relación a toda la trayectoria de Gregory Crewdson, mostrar el lado oscuro del sueño americano. Debajo de la rosas está la tierra, las raíces… todo un mundo soterrado que desconocemos a ciencia cierta, pero que sabemos de su existencia aunque no lo queramos o podamos ver. Debajo de las rosas, debajo de la belleza artificial del jardín, hay un submundo que no es bello, en el que el estiércol es necesario para que la apariencia aflore. Así, el lado oscuro del sueño americano es la otra cara de la misma moneda: la del capitalismo avanzado. Como en las rosas, el sueño americano necesita la pesadilla de su realidad, la opulencia del triunfo del mercado se basa en la desposesión de una importante mayoría, la victoria de unos pocos necesita del fracaso de otros muchos.

Esta fotografía es, como en todo el trabajo de Crewdson, una construcción, una escenografía cuidadosamente puesta en pie, en la que se han trabajado todos los detalles hasta rozar lo enfermizo. Su manera de elaboración, sumamente compleja, se asemeja completamente a la grabación cinematográfica, en la que se construyen escenarios, se alteran los detalles, se falsea lo real para producir otra realidad que sea más creíble que la realidad misma. Como ha señalado Stephan Berg, “la perfección, tan importante para Crewdson, está íntimamente conectada con el control. La exacta planificación y construcción de cada detalle de la imagen significa que la cámara solo recoge lo que el fotógrafo quiere que veamos”. Perfección y control como los lados de una moneda en la que también están la reflexión sobre el propio medio y cómo ha sido influido por otros –especialmente el cine, pero también la pintura-. Perfección de un modelo –la democracia capitalista- que necesita también de un férreo control y de unas imágenes construidas hasta el más mínimo detalle, tan imprescindibles para la propagación-continuidad de ese sueño americano y para el consumo masivo.

Por tanto, es muy importante fijarse en lo que vemos: la calle de un pueblo norteamericano al caer la tarde, ha llovido hace poco puesto que en el suelo hay numerosos charcos, el cielo está encapotado, un taxi acaba de pasar por esta desierta calle en la que sólo hay una persona que está cruzando el asfalto. Su andar parece cansino, como si le pesara su ya larga vida. Seguramente este protagonista de la escena se dirige a una licorería que tiene por nombre “Oasis”. Su luminoso imprime, ciertamente, un color diferente al azulado-grisáceo de todo el ambiente. El rojo que desprende ilumina y da color a la casa de al lado. Rojo atractivo, rojo peligro: un oasis en medio de lo anodino, los paraísos artificiales como único recurso al paraíso depresivo del sueño americano. Mientras, de donde viene, del otro lado de la calle, se ve la laboriosidad de un negocio, de las maneras de ahorrar, de las ofertas, de las largas jornadas de trabajo. Puede incluso que esta persona descienda de los desposeídos de la tierra ancestral y que el paraíso traído por los colonizadores sólo pueda ser ese: escapar, cómo sea, de él.

 Juan Antonio Álvarez Reyes

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