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Joan Brossa

Joan Brossa (Barcelona, 1919-1998) es uno de los principales escritores en lengua catalana del siglo XX. Poeta, dramaturgo y artista visual de largo recorrido, siempre vinculado a una concepción vanguardista de la cultura. Fue uno de los fundadores del grupo Dau al Set (1948). Su comprensión del hecho poético no se limitaba a la poesía verbal, sino que la extendía a toda una serie de manifestaciones artísticas: la poesía visual y objetual; lo que él denominaba la «poesía en acción» al referirse a las artes escénicas no estrictamente literarias (la magia, el circo, el cabaret); el cine…

Su obra literaria ha sido traducida a más de diez idiomas. Como artista visual fue determinante su presencia en el Art’20 de Basilea (1989) y los pabellones oficiales de las bienales de São Paulo (1994) y Venecia (1997), además de múltiples exposiciones monográficas y colectivas. Hombre comprometido con Cataluña y con la democracia, su reconocimiento institucional tardó en llegar: en 1987 recibió el Premio Ciudad de Barcelona; en 1988, la medalla Picasso de la UNESCO; en 1992, el Premio Nacional de Artes Plásticas de la Generalitat de Cataluña; y, entre otros, en 1996, la Medalla de Oro de las Bellas Artes del Ministerio de Cultura. En 1999 fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad Autónoma de Barcelona, a título póstumo.

Joan M. Minguet Batllori

 


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Joan Brossa

Novel·la, 1989

Escultura | Técnica mixta
40,5 x 176 x 46 cm.
JB.0002-

Los objetos de Brossa suelen tener un contenido literario, a veces explícito, otras latente. Se sabe que muchos de sus poemas verbales y muchos de sus poemas visuales juegan con el lenguaje (las letras, si no los fonemas; el alfabeto; ciertas homofonías…) o con la propia literatura. Aquí, la referencia a uno de los géneros literarios por excelencia, la novela, es, o parece explícita; aunque Brossa no la hubiera cultivado nunca en su trayectoria como escritor.

El poeta ya había jugado al menos en dos ocasiones anteriores con una referencia tan concreta como el sustantivo «novela». En 1965, en colaboración con Tàpies, hizo un libro de artista que contaba la vida de un personaje -una de las misiones de la novela clásica-, pero lo hacía a partir de una serie de documentos oficiales (desde la partida de nacimiento hasta la de muerte) sin rellenar. Es decir, era una novela sin contenido narrativo y en donde el héroe quedaba ausente del texto, aunque el hipertexto lo enmarcara (Ediciones El Mall, diez años más tarde de la aparición de la versión original, hizo una edición facsímil en formato reducido). Más tarde, en 1970, Brossa hizo un poema objeto también titulado Novela, de la serie de los Poemas habitables, también constituido por un libro, en este caso con las páginas en blanco a pesar de que contienen los rastros de unas frases escritas en lápiz que han sido posteriormente borradas.

En el poema objeto de 1989, Brossa vuelve a jugar con el texto y el hipertexto que condicionan la lectura histórica de la novela y el campo semántico donde se inscribe. Pero podemos decir que, contrariamente a aquellas obras anteriores, desarrolladas en un libro, es decir, en el continente habitual de una novela, aquí la imagen se tensiona por voluntad del artista. Brossa, tan amante de los dobles sentidos, de las metáforas y de los rastros perdidos de los significados, hace un objeto muy literal, donde el sentido figurado puede escaparse. ¿O no?

La obra presenta una disposición muy simple: una hélice, y en medio, un pájaro. La inmanencia de la imagen, de la superposición de las dos imágenes, no parece buscar nada en concreto, ¿quizás una alegoría del vuelo? La hélice parece que es de aeronave y el pájaro vuela. Pero como hacía su admirado Joan Miró, en muchas obras cuyos títulos más que explicar las piezas, las subvertían, Brossa contrasta el juego escultórico con un título que sugiere y, al mismo tiempo, restringe el sentido del poema objeto. ¿Una novela?

Podríamos suponer que, mientras que en los dos libros que Brossa hizo con el título «Novela» el autor buscaba poner en cuestión las esencias del género, la propia ontología de la narración literaria; aquí hay un doble juego: por un lado puede orientarse hacia la novela de verdad, -las narraciones de aventuras y, en este posible sentido, el entusiasmo que el poeta sentía por el cine no puede ser ajeno-; el otro juego es para plantear una duda en el espectador; aquí, el título y el contenido visual de la pieza no tendrían más que una relación discordante. Y Brossa, pícaro, reiría ante la perplejidad que podía causar su pieza.

Joan M. Minguet i Batllori


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Joan Brossa

La clau de la clau, 1989

Poema objeto
8 x 20 x 20 cm
JB.0001-

En los últimos años de su trayectoria, Brossa recibió una serie de distinciones y encargos, también en el terreno visual, que lo alentaron a concebir nuevos poemas objeto. Algunas ideas que habían quedado sin resolver plásticamente o nuevas imaginaciones del poeta tomaban cuerpo para su difusión en el circuito artístico, especialmente a través de la galería Miguel Marcos.

Entre estos objetos hay algunos no siempre fáciles de vincular con su producción anterior. No es el caso de «La clau de la clau», una pieza que retoma algunos de los juegos metalingüísticos que tanto había cultivado el poeta en su obra literaria, teatral, visual y objetual. Aquí, nos encontramos con un juego que se establece entre el registro lingüístico y el registro visual. El título de la obra no es más que -o no menos que- una aliteración y una homonimia al mismo tiempo: el enunciado es aliterado (se repite una misma palabra), pero para subrayar los distintos significados que aquella palabra tiene en lengua catalana y, creo, en todas las lenguas occidentales: la llave que abre una puerta también puede abrir otras cosas. O la “clau” física (la llave en español) permite llegar a «lo que hay que conocer para entender algo», la “clau” (la «clave»).
Brossa ya había jugado con el significado de la palabra «clau» en un poema visual muy conocido, concebido en 1971 y realizado en 1982, donde las sierras de la llave son sustituidas por un alfabeto. En este caso, pues, el poeta sugiere que por medio de estas partículas mínimas de significación -las letras del alfabeto-, se puede acceder -se puede abrir la puerta- al lenguaje, es decir, al conocimiento. La referencia a Wittgenstein y a su famosa frase del Tractatus, según la cual «los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje», pueden ser evidentes. No podemos olvidar que Brossa tenía una confianza absoluta en las posibilidades (también en las imposibilidades) del lenguaje verbal.

En la pieza de 1989 Brossa vuelve al juego de los diversos sentidos que permite la palabra «clau». El objeto en sí mismo es una demostración de la doble articulación del lenguaje, en este caso, del lenguaje objetual: para abrir una clave se necesita otra clave y, así, indefinidamente. No es nada insensato aventurar que la pieza hubiera funcionado sin título: la imagen es explícita, todos los espectadores podrían haber captado la homofonía visual, una llave que abre el candado de otra clave que, al mismo tiempo, abre otra cerradura… Pero como hicieron otros artistas, Joseph Kosuth por ejemplo, Brossa, tan aferrado a las posibilidades expresivas del lenguaje, en este caso a las posibilidades expresivas de los dobles sentidos del lenguaje verbal, acaba por insistir en la imagen y pone un título que no permite ninguna distracción: “La clau de la clau”.

Joan M. Minguet i Batllori

Nota de traducción: “Clau” es una palabra polisémica en catalán, y puede significar clave o llave.


 

 


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