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Thomas Struth

Gemüse Markt, Wuhan, 1995

Fotografía | C-print montada sobre diasec
136,5 x 161,9 cm.
 TS.0002-

 

En nuestros días, el viaje como estímulo del conocimiento, como Grand Tour romántico para enriquecer el alma, la mente y el espíritu, no goza de muy buena salud. De hecho, se podría decir que se encuentra en desuso, casi desaparecido. Hoy se viaja por turismo, por satisfacción personal, para demostrar nuestro poder capitalista, para buscar nuevas experiencias, o también, claro está, por motivos de negocio. Pocas veces, o ninguna, viajamos para integrarnos en la diferencia, y así, nuestra normalización de la otredad acostumbra a tildar como “peculiar” o “exótico” aquello que no comprendemos, no porque sea difícil para nuestro entendimiento, sino porque apenas tratamos de negociar con ello. Es la globalización de la cultura, una globalización que hace que mientras cientos de miles de occidentales, cargados de máquinas fotográficas, videocámaras y todo tipo de instrumental tecnológico, recorren los “paraísos perdidos” para demostrar que “estuvieron allí”, millones de individuos procedentes de esos países se agolpen dramáticamente en nuestras fronteras tratando de buscar aquello que en sus estados se les niega.

El viaje como búsqueda, como apertura a otras formas de ver y conocer el mundo es uno de los rasgos más característicos del trabajo de Thomas Struth. Ya sea en Asia, en América, o en Europa; ya sea en sus series sobre las ciudades, paisajes selváticos, o visitantes de museos de todo el mundo, la mirada de Struth plantea siempre inteligentes cuestiones en torno al modo en que la sociedad contemporánea consume las imágenes. Su itinerario podría ser confundido con el de un turista ejemplar, capaz de recorrer el orbe en busca de su perseguida postal, pero nada podría estar más lejos de esta intención. Struth nunca deja nada al azar, pero tampoco trata de controlar de una forma premeditada las imágenes que él crea: el interés de su fotografía reside precisamente en su extraordinaria capacidad para seleccionar los lugares, las personas y los ambientes retratados.

Para cualquier viajero que haya tenido la oportunidad de visitar el Extremo Oriente, Gemüsemarkt (1995) representa una escena, hasta cierto punto, conocida: el trasiego habitual de una calle asiática. Gente paseando, kioskos improvisados sobre las aceras, un fondo urbano de casas abigarradas… Una imagen que, al contrario de lo que ocurre con Times Square (2000), en la que Struth ofrece un retrato de una localización icónica de la cultura occidental, se antoja desde un primer momento como enigmática y misteriosa. El espectador tan sólo puede intuir que la imagen fue tomada en Asia; los interrogantes le asaltan, y se ve obligado a realizar un esfuerzo para acercarse a la fotografía que está contemplando. Mira el título, pero éste tan sólo le ofrece una pequeña información complementaria: estamos en un mercado de verduras frescas en el centro de una importante -al tiempo que desconocida- metrópoli de la renovada China, Wuhan, capital de la provincia de Hubei, una población con más de nueve millones de personas conocida como “la Chicago” de este país asiático por su riqueza industrial. Struth ha vuelto a hacernos cómplices del sutil juego de la mirada. Una mirada que él, como pocos, sabe siempre descomponer en diferentes estratos de conocimiento.

 Alberto Sánchez Balmisa  


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