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Javier Codesal

Viaje de novios, 2004

Vídeo | DVD | color | sonido
87’18»

 

 

Entre el verano del 2004 y finales del 2006, Javier Codesal rueda una película, Viaje de Novios, que ambientada en diferentes paisajes y culturas, muestra el caminar -en su aceptación más amplia, de catarsis y auto conocimiento, si bien su sentido más literal para nada sería equivocado- de una pareja de enamorados hasta el final de la travesía. Estructurada en tres partes y un epílogo cada sección posee una dinámica y acción claramente diferenciadas de las otras partes -y un paisaje diverso, esencialmente, que contribuye a la “densidad expresiva” de cada situación y de la totalidad del conjunto. La primera parte lleva el mismo título otorgado al film en su totalidad, Viaje de Novios, y está rodado en senderos de montaña del Pirineo aragonés. El siguiente capítulo, Pago de salud, traslada la acción a las ruinas precolombinas de Cuzco y Machu Pichu, más unas escenas de interior filmadas en un hospital de la zona, y muy importantes por el magnífico tratamiento visual que el director otorga a la idea de “contrariedad” en un viaje donde, lógicamente, no se espera encontrar alteración alguna en la hoja de ruta. La tercera sección, que es la aquí comentaremos, lleva por título Circular de agua y sitúa a los protagonistas, más invitados, en el brutal mediodía solar de una jornada marina en el centro de la Albufera de Valencia. Por último, un epílogo, Baile al fin, donde la pareja protagonista lleva a cabo un baile estremecedor en una habitación de un hospital de Barcelona. Decimos baile, pero en realidad no se trata, únicamente, de dos bailarines enamorados, sino de algo mucho más dramático: dos conjurados haciendo frente, sensualmente abrazados en la danza, a la fatal injusticia del destino, si bien el abrazo que une sus cuerpos deja entrever que el epílogo no será un punto y final, sino un prólogo abierto, muy abierto, a la felicidad y a la vida.

Circular de agua es un muy sofisticado ejercicio de síntesis, en lo referente a la dirección cinematográfica, entre un exterior dominado por la exhuberancia líquida de las aguas de la Albufera, el vuelo constante de las grullas y el disco solar en las horas más plenas del día, junto (en oposición, sería más correcto) al retrato que Javier Codesal hace de la pareja protagonista en sendas barcas, junto a un grupo de invitados que, unidos a los protagonistas en misma inestabilidad, no únicamente producida por el balanceo de las embarcaciones, sino más en concreto atados a una, digámoslo así, inestabilidad emocional, se enfrentan, pareja protagonista más invitados, a una situación donde el límite no es tanto el hecho de estar rodeados por el agua, sino el límite (interior) de la memoria compartida, del incierto futuro, de los rostros mudos pero pensantes, de las miradas que quieren ver y únicamente ven agua y sol. A lo largo de la filmación dos integrantes del fluvial cortejo relatan sendas historias sobre hechos cercanos a la posibilidad de “caminar sobre las aguas”.

Circular de agua, sería entonces una filmación in extremis sobre cómo reconstruir la gramática, visual en este caso, de la lengua adánica, dado que la gramática, incluso la filmada, es la acción del lenguaje. Pero Javier Codesal es lúcidamente consciente que toda acción, toda praxis, desea borrar hasta el recuerdo de la lengua adánica. Pero el recuerdo perdura más que la acción. Esa y no otra, es la extraordinaria lección de cine (síntesis y tensión) que nos ofrece Circular de agua.

Luis Francisco Pérez


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