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Javier Codesal

El monte perdido 8, 2003

Fotografía | C-print
88,8 x 158,5 cm.
JC.0004-
El Monte perdido, obra de Javier Codesal realizada en el 2003, agrupa, bajo el mismo título, un dvd de 34 minutos de duración, y una serie de cuatro fotografías extraídas a su vez de la película. Pero también El Monte perdido consta de una instalación Agua que se retira, y de tres vídeos cortos, Respira el bosque, Estancia en las tumbas y Las manos del sastre, si bien la obra en concreto que aquí comentaremos se refiere exclusivamente al dvd ya mencionado, y que incorpora secuencias de los otros vídeos, y por extensión a las fotografías sacadas de la filmación.

Sería perfecto que la música que acompañase a las imágenes que se nos aparecen en El monte perdido fueran los desgarradores Kindertottenlieder de Gustav Mahler, si con ello no pecáramos de fáciles y obvios en la encadenación de referencias. Pero mejor que no, que dejemos tal cual es la banda sonora de esta obra: roces, murmullos, el crujir de hojas secas, el reptil sonido de un cuerpo arrastrándose por la tierra, el viento entre los cipreses… Bien mirado, las tan hermosas como tristes Canciones de los niños muertos que Mahler compuso en uno de sus muchos crepúsculos anímicos únicamente pueden ser escuchadas. Su amargura y dolor serían insoportables unidos a según que imágenes, incluso a aquellas que contemplamos en El Monte perdido, tan limpias, tan desprovistas de toda bajeza moral, tan ausentes de la aflicción y del resentimiento. Quizá porque para filmar la ausencia, las ausencias, basta con ver el viento y escuchar la imagen.

No hay mayor ni más real presencia que la constatación (filmación) de la Ausencia. Podemos entender o leer El monte perdido como la sucesiva creación de un sujeto infinito aparcado del heraclitiano río de la vida. Paradójicamente nos encontramos (de frente, directamente) ante una restitución de la vida que únicamente puede ser efectiva desde el plano íntimo de la muerte y la finitud de la vida. Como gran parte en la obra de Javier Codesal aquí la memoria reconstruye un sujeto, y más aún: la subjetividad de ese sujeto, o sujetos, ausentes ya definitivamente. Pero a su vez no reconstruye únicamente las afueras de esa memoria (los niños muertos hace décadas en su paseo filmado por un cementerio visitado por el propio artista cuando este era a su vez un niño), sino que se reconstruye a sí mismo, y provoca la asunción de una subjetividad otra en el espectador que contempla la obra, y consecuentemente la posibilidad de una reconstrucción de ese mismo espectador como otro de sí mismo.

En una ocasión anterior nos hemos referido a El monte perdido haciendo nuestras las palabras que Liv Ullmann expresa, en un primerísimo primer plano, en el film Persona de Ingmar Bergman: “Ese vano sueño de ser, no de actuar, sino de ser”. Añadimos ahora a las palabras de Ullmann: hagamos un lenguaje de lo no visible, de aquello que únicamente puede ser enunciado desde su ausencia más radical. Es, a su vez, lo que nos propone Javier Codesal en El monte perdido, y por extensión en la casi totalidad de su obra, incluida, por supuesto, su admirable poesía.

 Luis Francisco Pérez

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