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Ignasi Aballí

Pols (10 anys a l’estudi) 2005

Pintura | Técnica mixta | polvo sobre tela
50 x 50 cm.

IA.0003-

Uno de los ejes centrales del trabajo de Ignasi Aballí es la imposibilidad de la pintura. A menudo, el artista vincula esta investigación con la noción de huellas o restos: las marcas que dejaba el sol en la pared de su estudio y daba origen a una serie de «pinturas», las huellas de los zapatos apoyados contra la pared que se convierten en el recuerdo de «Personas» que estuvieron en un lugar, o el polvo que se acumula sobre una tela de 50 x 50 centímetros tras dejarla reposar durante diez años en el suelo de su estudio.

Ignasi Aballí habla pues de la imposibilidad de la pintura y para ello deja de pintar, deja de intervenir directamente en el objeto resultante. En otras palabras, cede su papel al sol, a una serie de colaboradores o al tiempo y la suciedad que dejan la impronta de su presencia. La imposibilidad de representar acontece en el lugar de creación del artista, en su estudio, que es también el espacio de experimentación y de reflexión. Probablemente, mientras el polvo daba forma a «Pols (10 anys a l’estudi)», Aballí debía estar ocupado recortando interminables listados de los periódicos o cubriendo metódicamente con Tipp-Ex la superficie de un espejo para «corregirlo», haciendo interminables cartas de colores, acumulando los restos textiles atrapados en los tambores de las secadoras o quizá, dejando secar diferentes tipos de pinturas.

«No hay solución, porque no hay problema». Y por eso, Marcel Duchamp dejó que durante unos meses el mítico «Le Gran Verre» (1915-1923) reposase en el suelo de su estudio y se llenase de polvo. Man Ray evidenció con su fotografía «Dust breeding (Elevage de poussière)» (1920) que los factores externos formaban parte del proceso. Como Duchamp, Aballí deja que el polvo finalice su obra.

Oponiéndose al ambiente a menudo aséptico de los espacios expositivos, Aballí incorpora el polvo y la suciedad. Transforma la sutileza en opacidad y en acumulación. El polvo en este caso señala el paso del tiempo, la huella y la memoria, la imposibilidad de pintar (aunque no su renuncia), el análisis crítico de sus discursos, la necesidad de representar, la incorporación de materiales y objetos encontrados.

Pero la actitud de Aballí no es un caso aislado. En un texto suyo titulado «Breve historia de casi nada» (Butlletí núm 21, Centre d’Art Santa Mònica, Barcelona, febrero 2006), traza una genealogía de artistas que «han preferido eliminar a añadir, la contención a la expresión, sugerir a decir, la ausencia a la presencia, lo visual a lo visible»: Yves Klein y el vacío, John Cage y sus 4’33» de silencio, la «Closed Gallery Piece» de Robert Barry, el silencio de Marcel Duchamp…

Al igual que el Bartleby del relato de Herman Melville, Aballí es un verdadero Bartleby. Como el Dr. Pasavento y otros protagonistas de los libros de Vila-Matas, Ignasi Aballí intenta desaparecer. Pero no lo hace emulando a Walser y apartándose del mundo, sino que desaparece de sus obras, dejando que sean el sol, el polvo, el tiempo o el material encontrado por casualidad los que van definiendo sus trabajos. Él es un claro ejemplo de «artista del no» cuya negación es más radical precisamente por su falta de espectacularidad.

Montse Badia 


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